Y es que yo no conozco los árboles. Porque he vivido toda la vida en esta ciudad gigantesca donde las plantas son simples remedos de lo que en verdad deberían de ser. Donde el pasto muere bajo el concreto de estos edificios, titanes de cemento y metal y cristal que engullen a las personas a las 8 de la mañana y las vomitan a las 5 de la tarde, ya ojerosas y cansadas y sin ilusiones. Donde el aire es más carbono que oxígeno y el verde es gris.
La única música que conozco es la de las bocinas de los autos y los gritos de la gente. En este lugar, la lluvia carcome y destruye en vez de dar vida.

Aquí, el único ángel tiene alas de metal y altiva en su columna da la espalda a la mitad de la ciudad; que no es mucho mejor que mirarla a los ojos, vacíos y fríos y crueles.

¿Cómo será sentir los pulmones llenos de oxígeno, en vez de nicotina y monóxido de carbono? ¿Cuántos ángeles hay con plumas y tibieza? ¿Qué se sentirá abrazar un árbol -uno de verdad-, y tocar la corteza, las venas, la sangre?