-Yo te vi cómo te divertiste. Desde aquí te vi.
-¿En el Pueblo?
-Sí, en el Pueblo. -Lucy se sentó mientras olía su comida.
-¿Viste entonces cómo me reí? -pregunté.
-Tú y Ricitos. Sí. Los vi.
-Ricitos también se rió. Casi morimos ambos de la risa, -dije. Ricitos no se llamaba así; pero así le pusimos Lucy y yo, por sus rizos que son negros y su risa que es dorada.
-¡Ah, Ricitos! ¡Qué buen nombre le pusimos! -exclamó Lucy. Nos quedamos callados ambos, comiendo. El calendario dice que es martes, pero Garro diría que hoy es miércoles, con la luz verde que colgaba de la cocina mientras mi única acompañante de los martes-miércoles y yo comíamos el pollo. -¿Y el Afortunado no fue? -se aventuró a preguntar.
-No, el Afortunado no fue.
-¿Y él a qué se dedica?
-Comunica. Es lo que más le gusta. Aunque conmigo se comunica a base de silencios; a ratos siento que nunca lo comprendo, y a ratos siento que es tan transparente que todo lo puedo ver. A veces ni siquiera sé si de verdad se está comunicando conmigo o sólo está callado.
-Así es la tierra, -me dijo Lucy: -transparente, callada, con volcanes que eruptan cuando menos lo esperas y océanos que todo lo engullen y a todo dan vida. Si quieres cosechar de la tierra, necesitas paciencia. Lo sabré yo, que nací en un rancho y vi a mis padres todos los días dedicarse al campo.
Después de otro silencio en que el verde se colaba por las ventanas, preguntó: -¿Él en dónde vive? ¿Aquí en México?
-Sí, pero viene de un país lejano.
-¿Y por qué se vino?
-Porque aquí tiene más oportunidades.
-¿De verdad? -preguntó, boquiabierta.
-De verdad. Allá en su país hay un gobierno que abusa de las personas. Aunque las cosas son más baratas, la gente sufre porque hay mucha violencia. Incluso hay guerrillas.
-¿Es decir que en otros países hay guerras? ¿Que México es el único país sin guerra?
-No, desde luego que no. No en todos los otros países hay guerra; hay algunos en los que no. Y México no está exento de la guerra tampoco. Nuestro país está en guerra, harto de la violencia, y está pidiendo auxilio a gritos.
-Sí, a veces lo escucho.
Silencio de nuevo.
-Me encantaría conocer otros países. Siempre lo pienso, -dijo ella, con los ojitos tristes y fijos en el plato. -Siempre lo pienso, pero son sólo sueños en mi cabeza. En mi cabezota. Nunca pasará.
-Quién sabe. Tal vez, cuando sea rico, los llevaré a ti y a Brayan a que conozcan el mundo.
Rió. Esa risa tan sincera que abre los corazones. -Sí, tal vez. Cuando seas rico. Suena bien.